Un terreno baldío 19 de febrero de 2016
COMODÍN. El principio de todo vacío es ser una pantalla para la proyección. Al menos en Occidente, donde carecemos de la genética para hacer de la mente un lago quieto, nuestra mirada es proyectiva, ningún espacio está realmente vacío sino poblado con la peliculita de cada uno, que no es precisamente conejos en la pradera. El vacío puede ser perturbador (el desván, el desierto, las horas muertas de la noche, la soledad) porque somos perturbadores. El principio de todo vacío es actuar de comodín y, a diferencia de las plazas donde la imaginación está regulada por juegos prefabricados y normada por la presencia de los adultos, los baldíos son lo que el niño quiera: planeta, bosque, selva, isla, castillo, laberinto. Si es colonizado por un niño, el baldío será un espacio mutante.
Caracoles rojos luminosos, de Phantasia
El baldío era verde, los yuyos llegaban a media pierna y había dos arcos de fútbol como puertas oxidadas. Phantasia habitaba el baldío. Tenía el pelo largo, la piel azul, mariposas nocturnas en la cabeza y en el pecho un hueco por donde asomaba un jardín. Parada en el centro del baldío soleado tras la lluvia, Phantasia sostuvo una rama roja de la que salían venas, repartió a las personas presentes el texto “79 obras de Picasso llevan más de tres años en puertos francos de Suiza” y las invitó a recorrer su hábitat con los ojos cerrados (vocalizando la letra “i”) para luego abrirlos y mirar una langosta. Phantasia les contó entonces la historia sobre un sol que puso un huevo en la tierra, y que cuando el huevo se rompió, un solcito amaneció y comenzó a derretir el mundo a su alrededor hasta que se hundió en sus entrañas y se volvió núcleo. Al terminar el relato, preguntó: ¿el núcleo de la tierra y el sol tienen la misma composición?
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