Tienda Los Ángeles 7 de agosto de 2016
SOPORTE. Entre 1995 y 1998, el colectivo popularizado como “Las chicas del chancho y el corpiño” realizó intervenciones sobre la coyuntura sociopolítica en Córdoba. El gobernador Ramón Bautista “el Chancho” Mestre aplicó un súper ajuste y emitió los bonos Cecor (certificados de cancelación de deuda). Frente a la Casa Radical se plantó entonces un chancho alcancía de gran tamaño. En la ranura de su lomo asomaba un bono con el retrato del gobernador y la inscripción “bonocobrai”. Cuando a Mestre en conferencia de prensa le preguntaron “¿qué va a hacer con los ñoquis?”, contestó “comerlos”.Apareció entonces frente a la Legislatura un tenedor de seis metros con un ñoqui y el texto “buen provecho”. El exgobernador Angeloz, sospechado de enriquecimiento ilícito, asumió como senador para ser protegido por los fueros y frente a la Legislatura se instaló un sillón atravesado por una banda celeste y blanca con la inscripción “Miss Senador”, sobre el cual reposaban dos guantes blancos. “¿Hasta cuándo hay que seguir poniendo el pecho?” rezaba el cartel que colgaba del corpiño de ocho metros de largo que se instaló en una plazoleta contigua a la Casa Radical, aludiendo a las palabras del gobernador “hay que ponerle el pecho a la crisis”. Un juez pidió el desafuero de Angeloz, quien no dejó de promulgar su inocencia. A continuación, apareció su imagen caracterizada como un santo con votos de pobreza y la leyenda “Santos inocentes” en una esquina del Palacio de Justicia. Tres días antes de las elecciones legislativas, se instaló un inodoro gigante, el Excusado… Pero las chicas también producían por fuera del colectivo. Kikí Roca, muchos años después de aquellas intervenciones, recordaría sus visitas al taller de Alicia Rodríguez. Alicia pintaba pero luego, quizás disconforme con el resultado, se dedicaba con empeño a quitar pintura del soporte. Kikí quedaba maravillada con la sustracción de materia como elemento constructor de imágenes.
Sin título, de Kikí Roca
En la tienda de telas, sin modificar el espacio ni dar señales de ninguna clase, habría un rollo de lienzo blanco, como tantos otros, pero éste tendría la particularidad de que cada trozo vendido llevaría la firma de Kikí y el precio se determinaría según la ecuación que el mercado de arte tiene como fórmula para la pintura. Sin embargo, a Kikí esta intervención le generaba contradicciones: sentía que estaba por hacer algo que sólo iba dirigido a los artistas y que estafaría a las personas que compraran la tela.
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