miércoles, 28 de octubre de 2026

2016.06.07

 Un auto 7 de junio de 2016


PERMANECER Y TRANSCURRIR. Para poder habitar en el mundo reducimos la conciencia a lo más elemental, prácticamente a lo operativo. Eliminamos enormes franjas de información concentrándonos en un punto o dos, los necesarios para poder comer sin más, vestirnos sin más, salir a la calle sin más. Si pensáramos en lo que implica un auto, lo que contamina, cómo fue hecho y por quiénes, si nos pusiéramos a pensar en cada una de las partes implicadas, quizás no nos subiríamos. Sin embargo conducirlo requiere de unas pocas operaciones y pensamientos. Existe también un tipo de arte que requiere el “apagado” del pensamiento, la entrega a alguna tarea minuciosa y de alta concentración durante largas jornadas. Se fundamenta en un hacer repetitivo y sostenido, no importa el resultado sino el estado particular de la mente y del cuerpo. Una acción mínima que se sucede, un motivo que se reproduce infinitamente, piecitas una al lado de otra cubriendo grandes superficies, extensas líneas formadas por microscópicos puntos. Muchas veces causan admiración estas obras, pero no causa tanta admiración un obrero que coloca un ladrillo sobre otro, ni un obeso atracándose de hamburguesas. Si ciertas actividades artísticas fueran contempladas como estados de anestesia, ¿las veríamos formando parte de la misma pulsión soporífera que tiene dormido al mundo?


Allá en lo pandito, de Cecilia Jausoro 

Cecilia fue invitada a mostrar la totalidad de su producción: obras y procesos todo mezclado. La muestra ocurrió en un auto, viajando hacia una reserva ecológica. Mientras conducía, Cecilia iba añadiendo historias acerca del material que surgía de pequeños cajones, carpetas y una laptop. Contó que hay una expresión que se usa en Traslasierra para denominar las zonas bajitas del río. “Allá en lo pandito” significa: allá en esos charquitos, en esos espejos de agua que apenas te llegan a las rodillas. Más tarde, profundos pozos de agua en medio del camino de tierra impidieron al auto adentrarse en la reserva. Nada de pandito. Cecilia contó entonces la historia de una abuela que se quedó muda porque sus hijos decidieron jugarle una broma poniendo delante de ella una serpiente, sabiendo de su miedo a estos animales. La abuela al verla inspiró profundamente y nunca volvió a emitir palabra.





































































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